Aquellos que me conocen, saben que me importan poco los temas y discusiones acerca de la política de México. Tal vez una de las razones sea que no me considero un idealista que piensa que una elección o un gobernante en particular va a cambiar el rumbo del país, ya sea para bien, o para mal.

De cualquier modo, esta elección me interesó en particular por todos los elementos que la rodeaban: un partido gobernante en decadencia, una fuerza política del pasado ganando poder, y un político con ideas de justicia social que lo intentaría una vez más. Además, se unieron fuerzas sociales formadas por jóvenes y pensadores que contrastaban todas las posturas postuladas por los candidatos y sus partidos.

Todo esto puede parecer normal, con sus respectivas consideraciones, y a mí me pareció normal, hasta que un día me di cuenta que lo que estábamos viviendo, era la narrativa perfecta. No pude evitar verlo desde la perspectiva de un cuenta-cuentos, y fue ahí cuando supe que las cosas se iban a poner interesantes. Más allá de los resultados obtenidos, los ganadores y perdedores, la historia que se vivió los últimos meses en el país fue digna de un thriller de David Fincher (Red Social) y Chris Nolan (El Caballero de la Noche).

El día había llegado… El final estaba cerca… El “futuro” del país se decidiría en unas horas… El bien triunfaría, ¿o sería el mal?

El reloj avanzaba lentamente, las personas iban y venían de las casillas de votación. Dedos marcados abundaban en forma de fotografías digitales viajando a través de las redes sociales. Pese a no saber el resultado, se vivía un ambiente de orgullo y confianza por haber votado; como si nunca lo hubiéramos hecho antes… Era una jornada especial y diferente a la de años anteriores.

Había un héroe caído, con pocas posibilidades de triunfar en su búsqueda por el poder y el bienestar del pueblo; un villano dormido, esperando el momento oportuno para atacar y retomar el reino que le habían quitado años atrás, y también estaba un sujeto distinto, impredecible, capaz de traer paz o caos a la nación… Además, había una cuarta fuerza, una muy poderosa capaz de hacer lo que ninguno de ellos se atrevería a hacer: actuar. El pueblo, organizado con las herramientas digitales y tecnológicas de la era; jóvenes que no vivieron el pasado, pero viven un presente que dice ser culpa de los gobernantes de antaño; grupos de personas que claman por algo diferente, aún cuando no sepan el resultado de lo “diferente”. El elenco perfecto, para el desenlace perfecto.

Caía la noche y la tensión acumulada del día era mucho más grande. México observaba a través de sus televisores, escuchaba a través de la radio, y analizaba a través de las redes sociales. Aquel domingo se vivió una noche como pocas; todo un país esperando a que de aquel medio de comunicación de su preferencia, saliera la sentencia; el veredicto final. En verdad, todo indicaba que el futuro de la raza mexicana estaba en juego… O al menos, eso parecía.

Llegó el momento, el primer anuncio “oficial”. Todo se detuvo. El tiempo dejó de avanzar y México entero se volvió un silencio sepulcral… El único sonido venía de aquella voz, individual, solitaria, del vocero.

El silencio nacional fue interrumpido por un escalofriante grito. Otro lo siguió, y luego otro más. Sin pasar mucho tiempo, gritos y lamentos llenaron los oídos de México. De pronto, los gritos ya no eran de miedo o angustia; se habían vuelto violentos, molestos, enojados. Eran gritos de batalla. Y con la noche cubriendo la nación, el pueblo se levantó en protesta, llenando la calle de antorchas, golpes y violencia. Autos incendiados por doquier,  almacenes y casas saqueadas, muertos… La revolución había comenzado.

Excepto, que nada de lo anterior pasó. Y yo me pregunto, ¿por qué?

Esta historia ocurrió en mi cabeza. La realidad ni siquiera le llegó a los talones. No me quejo, pero sí confirmo algo que ya temía: esta elección, este presidente, es solo un evento más en la historia, pero de ninguna forma el cambio que definirá a México y a su gente.

No tomó ni un par de segundos después de anunciar al virtual ganador cuando los medios, las redes y las discusiones ya estaban plagadas de las ideas esperadas: México retrocede en la historia… México está muerto… Todo el trabajo realizado, a la basura…

Y yo les pregunto, ¿en verdad sintieron esa noche que sus vidas cambiaban para siempre, que el futuro de nuestra nación había cambiado para nunca ser otra cosa? Parte de mi decepción narrativa fue esa, que me lo vendieron durante tanto tiempo como la elección más trascendental de la historia, y cuando no hubo revolución, simplemente se volvió otro final cliché de telenovela o película barata.

Señores, señoritas, damas y caballeros, nada de lo que pasó es un cambio permanente ni tan caótico como el de hace seis y doce años. Dejemos de estar de idealistas y apocalípticos y mejor sigamos trabajando por lo que queremos, en lugar de andar inventando películas en las que solo nos ponemos como víctimas. Nunca he sido ni político ni patriótico, pero sí estoy seguro que el verdadero cambio vendrá cuando nosotros así lo demandemos. Hoy sigue siendo lo que ha sido durante mucho tiempo: un juego, un negocio, un experimento más. Eso es contra lo que debemos luchar, pero sin fantasía, sin pedir o soñar con el país perfecto color de rosa. La nación perfecta no es aquella en la que todo es bueno, sino la que tiene una combinación perfecta de buenos y malos, de tonos negros y blancos, y eso, les guste o no, es la verdad.

Yo tengo claro lo que voy a hacer por mí y por México, te invitó a que descubras lo qué harás tú.

Andrés Alvarado

Productor más que independiente. Independentísimo. Eterno amigo de los bajos presupuestos. Cuento historias. Visita @alfproducciones.


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