No tema, estimado lector, éste no es un post sobre política. Los sucesos recientes pueden haberle hecho parecer que sólo siendo un prosélito devoto a-crítico o un crítico sistemático, incesante y enemigo acérrimo de las instituciones políticas (en toda la extensión de la palabra) puede uno ser reconocido como “interesado en el bienestar y desarrollo del país”. No olvide que esta exquisita distinción sólo le será otorgada si concuerda con su interlocutor, sus amigos de Facebook y sus seguidores en Twitter, en caso de no ser así el abanico de adjetivos que lo pueden describir va desde el simple y llano “imbécil” hasta calificativos que de ser llevados a la corte podrían costarle la vida como “traidor de la patria”.
Yo me resisto a caer en su infantil juego de calificativos maniqueos y propongo un método para combatirlo:
Confío en que usted es uno de esos “interesados en el bienestar y desarrollo del país” de los que hablamos anteriormente, no importa qué digan sus adversarios o sus aliados, usted se sabe en la intimidad de su conciencia un verdadero patriota, ama a su país con todo su corazón y (al menos hipotéticamente) daría la vida por México. Le tengo una importante noticia, ¡la mayor parte de los mexicanos quiere lo mismo que usted! Sí, aún esa persona a la que usted tildó de “imbécil” porque votó por un candidato distinto al suyo, también a ése que pegó en su coche la calcomanía del candidato al que usted aborrece.
¿Por qué si quieren lo mismo están en contra? Muy probablemente esta pregunta ya había venido a su mente y decidió ignorarla o responderla con “Es que él es un idiota” y seguir adelante con su vida, le propongo una respuesta distinta: porque no somos cultos.
El premio Nobel de literatura, el peruano Mario Vargas Llosa, dijo en un ensayo que la cultura es el espacio común que existe entre los hombres, es aquello que permite que haya colaboraciones entre expertos de campos tan diversos como la química y la filosofía, es una brújula que han usado desde hace siglos los seres humanos para orientarse en un mundo polifacético, es aquello que trasciende a la palabra y que permite la comunicación entre culturas, es lo que nos hermana.
De la carencia de ella por parte de alguno de los dos interlocutores (o aun peor, de los dos interlocutores) ha surgido el odio, la guerra y el malestar. El hombre olvida su condición de ser racional y se abandona a la bestialidad y la barbarie. ¿No cree usted que después de milenios y milenios de grotesca repetición ya deberíamos haber aprendido? No hemos aprendido porque no sabemos suficiente historia, porque somos incultos.
¿Qué mejorías ha visto usted en México desde que se adoptó la (odiosa) costumbre de realizar marchas por toda la ciudad? Aventurándome en un terreno espinoso me atrevo a preguntarle: ¿Qué logros reales ha conseguido el movimiento #YoSoy132 con sus marchas? En cambio miremos atrás y veamos todo lo que personalidades como José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Antonio Caso o Nemesio García Naranjo lograron desde el Ateneo de la Juventud; un movimiento estudiantil que tenía como eje las humanidades, cuyos pilares eran el conocimiento y la cultura. Un grupo de estudiantes con la firme decisión de cambiar a este país mediante la educación, aún cuando México pasaba por un momento extremadamente difícil como fue la Revolución.
De ese movimiento estudiantil surgió dos brillantes rectores de la Universidad Nacional, un Secretario de Educación Pública (Vasconcelos), uno de los más grandes escritores de lengua hispana a nivel mundial (Reyes), y un director de la Escuela Nacional Preparatoria (Caso) por nombrar algunos.
Yo me pregunto, si de ese movimiento mucho menor en número y concebido en una época histórica mucho más difícil surgieron tan brillantes pensadores, ¿por qué los movimientos actuales no siguen su ejemplo y en vez de tomar las humanidades como ejemplo y revolucionar la educación se dedican a bloquear avenidas, lanzar consignas trilladas y grafitear las calles?
