
Nuestro país está en un periodo donde los jóvenes son mayoría, gran parte de ellos son universitarios y los candidatos lo tienen muy presente; ¿cuándo antes de esta elección los presidenciables visitaron universidades? Nunca. Es la primera vez en la historia en que los estudiantes pueden oír de viva voz aquello que los aspirantes a gobernarlos tienen que decir, es la primera vez en la que el debate político se traslada de su sede habitual ―los mítines y otros lugares favorables para los políticos― a los recintos académicos, a un lugar donde el espíritu crítico que infunde la educación ha de hervir en las venas de los alumnos y donde los académicos, formados a base de recorrer el arduo camino del estudio y la enseñanza han de estar prestos a cuestionar las propuestas de los actores políticos.
Cuando por primera vez se concretó este escenario ideal, la ocasión fue desaprovechada. Antes que lucir sus habilidades retóricas y filípicas los alumnos de la UIA sacaron a gritos y sombrerazos al candidato, se cobijaron en el anonimato y desde ese cómodo lugar se infundieron fuerzas gritando “Peña, la Ibero no te quiere”. Si no hay diálogo en una casa de estudios, ¿dónde sí lo habrá?
Los actores del 68 se manifestaron en contra de un poder autoritario y represivo, en contra de la censura y el control, enarbolaron una ideología incendiaria y revolucionaria; siguiendo el consejo de sus colegas franceses e hicieron de la insolencia un arma. Los protagonistas del movimiento “Yo soy 132” son dignos herederos del movimiento del 2 de octubre, comparten los ideales estudiantiles de libertad y democracia y su enemigo es el mismo de hace 44 años: el PRI. No se dan cuenta que, si bien en esa similitud yace gran parte de su fuerza, en ella reside también su debilidad. El movimiento estudiantil del 68 no falló a causa de la represión gubernamental, falló por su falta de visión. La beatificación acrítica del movimiento ha dificultado su análisis; la mayor parte de los documentales que existen al respecto ponen como causa del cese del movimiento “la aplastante represión gubernamental”, si bien la trágica e injustificable masacre que se dio en la Plaza de las Tres Culturas fue un factor importante para la disolución del movimiento estudiantil no fue la única, ni, a mi juicio, la más importante.
El fin último de aquel movimiento era lograr una democracia real, pudieron haberlo logrado pero se quedaron a la mitad del camino. Las marchas, las protestas, las pancartas y las consignas son una rebelión a favor de la de la libertad, en este caso concretamente, de la libertad de expresión; son actos destructivos y necesarios, análogos a la conflagración que propusieran los estoicos, a ese incendio universal, necesario y purificador; al diluvio universal que relata la Biblia.
Aun cuando esos actos sean catalizadores de cambio necesarios, éstos no han de realizarse en cualquier lugar; las universidades, herederas de instituciones tan honorables como la Academia de Platón y el Liceo aristotélico no tienen por qué presenciar tales actos, estas casas de estudios representan el asiento de la sabiduría y han de dárseles los usos que tal condición les confiere, es decir, las de foros para la discusión civilizada. Los actos de protesta son sólo el primer paso.
Ya que se ha roto la inercia del sistema con las protestas, una vez que se ha quemado la ideología rancia y totalitaria, que se ha puesto en evidencia al viejo y corrupto sistema, se ha de empezar a construir la verdadera democracia, exponiendo y escuchando propuestas.
La crítica es destructiva por naturaleza, una aplicación metódica y constante de crítica sólo tendrá un efecto corrosivo sobre aquellos atisbos de democracia que se han logrado con tanto esfuerzo. Los jóvenes del 68 no propusieron, dejaron que el incendio arrasara con todo y acabó hasta con sus propios ideales.
Para concluir me gustaría pedirles a los integrantes del movimiento “Yo soy 132” que propongan, que estén abiertos al diálogo, que usen sus conocimientos para construir, que brillen de manera individual por sus ideas geniales, no se pierdan en el anonimato de una turba que sólo grita eslógans y que no se diferencia de sus enemigos; les pido también a los intelectuales de este país que salgan de su letargo, que se mantengan siempre críticos, que no se alíen con partidos políticos, que estén siempre prestos a denunciar abusos y excesos, que cumplan su función y lleven a cada rincón de este país la sabiduría que nuestro país tanto necesita sin anteponer sus intereses individuales. Por último les pido a todos los estudiantes que nunca olviden que la educación es la mejor arma de todas, que es algo de lo que nunca nadie podrá despojarlos y que es el mejor instrumento para sacar adelante a este, nuestro México lindo y querido.