La cuenta regresiva continúa su marcha y los británicos afinan los detalles para recibir a miles de personas que pondrán su atención en la capital para ser sede de los trigésimos Juegos Olímpicos de la era moderna. De hecho son sólo 95 días los que nos separan de que inicie la justa deportiva más grande del planeta, en cuanto a conglomeración de disciplinas.
¿Pero qué hace hablando de deportes este sujeto que generalmente habla de otros temas y que es incapaz de coordinar sus extremidades para anotar un gol? Pues desde que tengo uso de razón el movimiento olímpico me ha llamado la atención por tres grandes cosas: el espíritu bajo el cual fue creado, su persistencia a través de los años y el gran show que cada dos años nos da.

Por todos es sabida la tradición en la cual nuestros juegos modernos tienen su origen. Se dice que en la ciudad de Olimpia se reunían atletas de las diversas polis griegas con el fin de rendir un homenaje a los dioses del Olimpo y principalmente a Zeus, como su hijo Heracles lo había instituido hacia el siglo VII a.C. Tal fue el impacto que el evento tenía entre los griegos que inclusive en épocas de guerra, éstas se detenían con el fin de que los atletas participaran en la justa como un símbolo de tregua y paz.
Entre los deportes que ya se practicaban en ese entonces estaban las carreras a pie, lucha, pentatlón, lanzamiento de disco y jabalina, así como competencia culturales de música, poesía y danza. En total se celebraron 293 ediciones de estos juegos, hasta que fueron abolidos en el año 393 por el emperador cristiano Teodosio I por considerarse paganos.
También es sabido que debemos a Pierre de Coubertin su práctica actual y quizá la historia de su renacimiento amerite otro espacio. Bajo la influencia del esplendor antiguo de los juegos y el legado que implicaban, escribió: “Olimpia y las Olimpiadas son símbolos de una civilización entera, superior a países, ciudades, héroes militares o religiones ancestrales”. Su principal creencia era que el deporte podía producir un alto nivel de entendimiento internacional, y por ellos se dedicó a la promoción de este evento.
Citius, Altius, Fortius. Más rápido, más alto, más fuerte. Lema del olimpismo que refleja en los atletas el deseo de superación y esfuerzo, lema que debería ser adoptado por la humanidad entera para sí misma, una humanidad en constante progreso. Un lema menos formal, pero también usado en los inicios es el de “Lo importante no es ganar, sino participar”.
Internacionalmente conocido es el símbolo olímpico de los cinco anillos entrelazados de color azul, amarillo, negro, verde y rojo en un fondo blanco, sinbolizando la unión de los diversos países participantes.
Estos cinco anillos representan las cinco partes del mundo que se han unido al Olimpismo y que han aceptado competir sanamente.
“Además, los seis colores combinados representan a todas las naciones sin excepción. El azul y amarillo de Suecia; el azul y blanco de Grecia y Argentina; los tricolores mexicanos, franceses, británicos, estadounidenses, chilenos, alemanes, colombianos, belgas, italianos, húngaros y rusos; el amarillo y rojo de España yacen junto a las nuevas banderas brasileña, australiana y venezolana y a las del antiguo Japón y la joven China. Este es, realmente, un emblema internacional”.
Unidad. Eso es lo que me transmite este evento deportivo.
Claro que se podrá señalar el alto nivel de política y patrocinio que lo ha contaminado en algunos niveles, al igual que lo podemos decir de otras asociaciones deportivas internacionales. Pero toca a los deportistas y a los espectadores que, más allá del negocio, los juegos no dejen de ser símbolo de ese espíritu de unidad de la humanidad.
De lo demás, ya tocará hablar luego.