Sobreviviendo al Mirreynato

11 January 2012 por | Un comentario

Por Fernando García Arellano


Llegando a la fiesta se encuentra distinto, entre la actitud de casanova y galán de balneario, con la camisa desabotonada para mostrar el vello pectoral, ojos brillantes de bebedor ganador, con un vaso rojo (desechable) lleno de algún brebaje etílico. Al momento voltea la mirada y saluda, como buen rey de la selva (y de la fiesta) reconoce a todos sus súbditos. No te llama por el nombre de pila, saluda como todos ellos “¿Qué paso, mirrey?” o puede ser también “¡Papawh, qué gusto!”. Constante en un tono carente de educación burguesa, es el lenguaje de los frescos, es un mirrey.

La palabra “mirrey” se refiere a un reciente descubrimiento de aquellos especialistas en tribus urbanas. ¿Qué es un mirrey? Es un joven con el poder de ser el jefe aunque no lo sea, con poco tacto llama a todos “papá”, “papirri”, “Papawh” (pronúnciese así como con piedras en la boca) o el más usado “mi rey”. Una copia barata de Luis Miguel con aires locales de James Bond. El nombre que una vez recibió Elvis y ahora es imitado en cuanto a la forma de hablar, los peinados extravagantes pero a la moda y una forma de vestir que busca portar, aunque ridículo, todas las marcas cual escaparate andante.

En las redes sociales, sobre todo en las fotografías, es fácil detectar a esta especie en peligro de aparición. Usa el cuello levantado, gafas de sol, con puro en mano y mujer en la otra. Siempre sonriente, totalmente ajeno a los problemas de su entorno, busca divertirse a costa del dinero que ha heredado de su familia, puede costearlo todo y logra hacerlo, busca distraerse momentáneamente de la soledad que le espera a la mañana siguiente.  La elegantísima compañía del mirrey resulta en una potencial modelo curvilínea (de esas que promocionan cerveza), con mirada felina. La perfecta acompañante para un finísimo junior de la mafia antrera se devela en la admiración que tiene por su pareja, le sorprende la cantidad de shots de tequila que puede consumir su “hombre” sin perder el suelo y aplaude las ingeniosas poses que tiene cuando alguien saca su cámara digital para retratar al pequeño monarca. El interés los hace y ellos se juntan. Ellas son conocidas como “lobukis” (elegante, ¿cierto?).

La imagen de Luis XIV celebrando en la galería de los espejos de Versailles no tiene equivalente con las fiestas lujosas que los mirreyes acostumbran tener; verdaderos festines con pocos alimentos y demasiado alcohol. Ni hablar de la pasión desbordada, exhibiciones de buen gusto, artilugios cuasi divinos alejados de los simples bailes para mortales. En sus fiestas los mirreyes exceden su propio poder, alcanzan la corona de la gloria y entonces, cual dioses, mandan en el reino de la música, de las mujeres, del pequeño mundo embriagado. Por precios no se preocupan, gastan en lo esencial para sobrevivir, las carteras de los mirreyes nunca sufren hambre, perpetuamente llenas o amigablemente habitadas por tarjetas con créditos inimaginables.

Al día siguiente, los crudos “papawhs”, despiertan a su condición de humanos. Vagos recuerdos y muchos espacios recorren su dispersa mente, la sonrisa de ganador solamente es vencida por el dolor de cabeza. Ya piensan en su próxima fiesta, en la ropa que habrán de adquirir, en la mujer a la cual llamar. Ahí, desde la cama, extendiendo su brazo con el reloj carísimo, toman el celular para hacer una llamada: “¿Qué pasó, mirrey?”, e inicia de nuevo el ciclo interminable del mirreynato.

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Columna Invitada


Un comentario
  • _ocelotl dijo:

    Los “mirreyes” un alucine más producto del “canal de las estrellas” También sería interesante conocer a las mamás, papás y hermanos. Que se creen la gran cagada de los dioses e insultan, son sarcásticos y abusivos con los trabajadores que se encuentran a su paso, en súper-mercados, meseros, taxistas.

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