Viaje (Pre)Navideño en Transporte Público

29 December 2011 por | Sin comentarios

Colaboración de @Teotihuachango

Tuve una idea prenavideña brillante: viajar desde Coyoacán (el mero centro delegacional) hasta el lugar de la cena navideña familiar en Lomas de Chapultepec. La característica del viaje fue hacerlo en transporte público. Tomar un taxi con el desquiciado tráfico de la temporada era un atentado a mi pobre cartera, entonces decidí disfrutar de los camiones y del metro en la casi navidad chilanga. A continuación la crónica.

Salí en la noche, eran los ocho aproximadamente y camine desde la calle de Carranza hasta Miguel Ángel de Quevedo. Las calles tranquilas, vacías y solamente en algunos locales de servicios alimenticios tenían pequeñas reuniones los empleados, debe ser difícil trabajar ese día pero al final, la pasan con su familia, sus compañeros de trabajo. En la parada de camiones de Miguel Ángel, dos jóvenes músicos (ambos traían instrumentos y apariencia bohemia) decidían si tomar un taxi o esperar el camión. Esperaron y decidieron tomar el camión. Subieron al mismo que yo. Al pagar mi cuota obligatoria e indicarle al chofer que me bajaba en el metro, tuve un momento de impacto, de esos que dejan huella en los ojitos. Cuando me disponía a recorrer el pasillo del pesero, me di cuenta que casi todos los pasajeros venían muy bien arreglados, algunos con bolsas de regalos, otros con comida y unas cuantas botellas asomaban el papel dorado que cubría el corcho.

Dentro del Metro, me di cuenta que había muchas familias viajando. Demasiadas. Había también una gran cantidad de personas provenientes de sus trabajos, era evidente, siempre hay una diferencia cuando alguien se arregla para el trabajo y para una fiesta; el primero tiene cara de monotonía, el segundo luce pleno. Ningún varón de los arreglados vestía traje, todos camisa con suéter, pantalón de vestir y zapatito negro. Las mujeres, vestidas como mejor les da a entender la moda temporal (imposible describir lo que es enigma para mi género). Para mi sorpresa, el metro estaba lleno. Los niños bien peinados (es decir, con exceso de gel –mañana tendrán dolor de cabeza-pero ni un solo pelo fuera de lugar) hacían malabares para estar cerca de sus padres. Había una pareja, novios adolescentes que parecía tenían muchos años sin verse y ésa era su última noche con vida porque prácticamente estaban cenándose con besos. Es común presenciar tales espectáculos, pero debido a la ocupación excesiva de familias, me encontraba tan cerca de ellos que resultó un poco incómodo. Ya saben, cuando escuchan el tronido de los besos.

Llegué a Centro Médico, salí del vagón gracias a las habilidades de tackleador y seguramente despeiné a más de una persona. Transbordé en dirección a Tacubaya (cuyo techo tiene unas laminas como bóvedas con forma de garganta, uno se siente devorado por las escaleras) y todo tranquilo, menos gente y solamente algunos oficinistas bromeando sobre la cena navideña. Los oficinistas son una especie urbanizada sumamente curiosa, se forman en clanes y tienen microcosmos que giran alrededor de la cafetera y de la rifa organizada por el tercer piso para ganarse un microondas. Me caen bien porque son trabajadores, al mismo tiempo los odio porque no trabajo.

Llegué a mi parcial destino, Metro Auditorio después de otro cambió de línea y subí unas escaleras eléctricas (infinitas), de verdad son largas. Del otro lado de la línea férrea pude ver a la primera persona con traje, tres piezas y se veía mayor, con joroba de Monsiváis (dígase de alguien que tiene la barbilla pegada al pecho y mirada de reflexión y diversión al mismo tiempo), muy elegante. Luego a subir otras, era la única persona saliendo de la estación, aburrido, posiblemente hubiese sido una excelente escena de algún film de Sofia Coppola si hubieran puesto una buena música de fondo conmigo subiendo lentamente esas escaleras. Al salir, sentí el frío de la Ciudad, no te hace temblar pero dota al ambiente de cierta diferencia; como un grito sutil para señalar la noche tan diferente a las otras. Me encontré entre Arquímedes y Reforma (casi vacío), cuando pienso en Arquímedes recuerdo al búho de Merlín en La espada en la piedra. Cruzo Reforma y de pronto la estatua de Churchill, con la jorobita de Monsiváis también.

Espero otro camión que me deje sobre Palmas. Hay algunas personas esperando junto conmigo. Llega, y entonces sí, toda la bola de elegancia con perfumes Avon se agolpa en mis sentidos. Señoras en el camión con unos peinados realmente extravagantes, estoy seguro que usaron tanto spray que la capa de ozono ha sido destruida por completo, ese maquillaje no va a quitarse tan rápido (posiblemente deje de notarse el color en el 2050) y las bolsas con comida y regalos. Unos orientales hacían bromas y entre ellos se entendían. Pasamos frente al busto gigante de Colosio que tenía una corona floral, blanca, fúnebre. Recordé la película Los caifanes, justamente hay una escena donde roban una corona. Sería genial llegar con una de esas a navidad. El pudor triunfó y no lo hice.

Definitivamente no estoy en mi amado Coyoacán, ya estaba en las Lomas. Me bajé del camión, felicité con un grito al chofer. Curioso, respondió con alegría y caminé una cuadra para llegar a la casa familiar. La jornada había terminado, cansado y sudado pero feliz por haber pasado una verdadera navidad chilanga. Fin.

Sobre el autor
Columna Invitada


¡Deja una respuesta!

Puedes usar estas etiquetas:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Este blog usa Gravatars. Para obtener uno regístrate en Gravatar.