Historias Urbanas I: El camino a pie de Mixcoac a Satélite

16 December 2011 por | 3 comentarios

De vez en vez me daré un respiro muy necesario de hablar de economía, política o tecnología. Este es el primero de algunos post que dedicaré simplemente a historias del lugar donde habitamos: La Ciudad de México.

Salgo del metro, un poco más harto que otros días que lo uso. Había tenido una jornada intensa —además de que venía de traje— desde Tacuba, uno de esos lugares que los políticos mexicanos no imaginan que existen dentro del DF. Aparentemente una zona no marginada, a simple vista se distinguen casas de lámina sobre las vías del tren pocos pasos antes de la entrada a la estación. No es el final más tranquilizante ni esperanzador de un viaje.

Con hambre llegué a mi destino, Mixcoac, donde al bajar caminé algunos metros para toparme con una cafetería donde, de pie, encargué una torta no muy pesada. Un diálogo algo vacío —recuerdo que pedía quitarle algo y ponerle otra cosa a mi torta— nos tenía ocupados al parrillero y a mí, cuando se me aproximó un hombre joven, de a penas 30 años, con mirar cansado. No teniendo ni cerca un aspecto repulsivo ni descuidado, irremediablemente parecía un vagabundo. No cargaba nada más que un folder. Ahora, que lo puedo detallar con más calma en mi mente, recuerdo que llevaba un suéter muy usado más grande que su talla y la barba larga, pero bien recortada. Su intervención me confirmó que no vagaba, sino todo lo contrario.

—Disculpe, jefe… (Me llamó así todo el tiempo) ¿sabe para dónde tengo que caminar para llegar a Vía Gustavo Baz? —preguntó, con una entonación que le denotaba humilde, pero no vulgar.
—¿Vía Gustavo Baz? —respondí sorprendido, notando la sorpresa también del parillero— ¿Está usted seguro?
—Sí, jefe.
—Oiga, pues es que Vía Gustavo Baz está bastante lejos de aquí, creo que está usted perdido.
—No, jefe, sí es esa. Vine por lo de un trabajo y ahora necesito ir por mi esposa a la clínica —dijo, con una naturalidad que no dejó asomar en sus palabras o su forma de entonar ni la menor intención de sentir compasión por él— y pues me dirijo a la que está por allá, por Satélite, por donde tiene su casa.
—¿Y se va a ir caminando?
—Sí, jefe. Pues, así llegué…

No dudé ni un segundo de la veracidad de sus palabras, pues se notaba que no traía encima un solo peso y que, en efecto, llevaba mucho tiempo caminando. No noté tampoco algún tipo de característica mental o manía que explicara porqué demonios no había tomado el metro; dudo mucho que careciera de seis pesos para el viaje redondo aunque ahora que lo pienso es la única explicación que me convence.

—Pues, —dije aún sorprendido— tiene que caminar hacia allá: topará con el Periférico y de ahí vuelta a la derecha, todo de frente. ¿A qué clínica me dijo que iba?

Me mencionó el nombre de la clínica; saqué mi iPhone —cayendo en cuenta luego que costaba más o menos ocho meses de salario mínimo— y en Google Maps vi que no era Gustavo Baz a donde iba sino mucho más al poniente. Pedí más señas de las cercanías y al darlas, pude darle respuesta de más o menos por donde podía ir.

—Muchas gracias, jefe. —Respondió firme después de las instrucciones.

De inmediato puso marcha decidida hacia el Periférico. Tardé lo de tres o cuatro pasos en que cayera en cuenta de lo que realmente implicaba lo que estaba a punto de hacer y le interrumpí, pero puedo jurar que si no hubiese hecho una intromisión hubiera seguido de largo con toda decisión.

—Oiga, —le dije— será más fácil que tome el metro, ¿sabe cómo usarlo?
—Pues, sí, jefe.
—Mire, tenga cinco pesos, se compra un boleto y viaja camino a El Rosario. Se baja en la última estación. No lo va a dejar cerca, pero va a caminar muchísimo menos.
—Muchísimas gracias, jefe.

Puso en marcha por segunda ocasión. Esta vez, no le interrumpí. He tenido experiencias amargas algunas veces que he dado limosna; recuerdo muy vivamente a una señora a la que le di dinero, comida y algunas cosas. Durante algunos días la estuve observando con mucho cuidado. Noté que “tenía” 9 hijos diferentes cargando, de exactamente la misma edad, cuando no traía cargando en otras tantas, un simple envuelto de tela en su rebozo. Pensé que, en esta ocasión, también había sido engañado. ¿De Mixcoac a Satélite a pie? ¿Ida y vuelta? Seguramente había sido burdamente engañado. Con una historia bien contada y en pocos metros, otros zopencos como yo caerían redonditos.

Lo seguí con la mirada. Caminó por la calle, donde abundaban comensales idénticos a mí, sin detenerse ni dudar; sin mirar hacia atrás. Lo seguí hasta que le perdí de vista después de haber recorrido varios metros ya. No había pedido dinero a nadie. No había sido engañado.

Una carrera de emociones me asaltaron. Primero pensé en el trabajo. Estando al lado de una construcción se me hubiera hecho lógico que su entrevista fuese ahí. No se veía animado, ¿le habrían rechazado? Tenía ganas de ir a preguntar pero no vi a nadie en las cercanías. Yo le hubiera contratado sin pensar, imaginando el valor de un hombre con esa determinación. Pensé en su esposa, en sus probables hijos. Pensé en la ignorancia en la que estaba seguramente sumergido, como siempre es en un círculo de miseria. Pensé en su dignidad; nunca me pidió un centavo ni dejó asomar que lo pretendía, fue a pedir un trabajo del otro lado del mundo cuando hay caminos mucho más fáciles. También pensé en la carga cultural. Le llamó “jefe” a una persona desconocida y a todas luces menor que él, solo porque vestía de traje.

Pensé también en nuestros gobernantes. ¿Tendrán acaso la menor idea de lo que enfrentan personas como él todos los días? Cuando gastan en pistas de hielo o fiestas para quinceañeras, ¿saben lo que implicaría ese dinero en las manos correctas, invertido de la mejor manera? ¿Cuántos de ellos manejan distancias diez veces menores con un chofer que pudieron contratar después de adueñarse de predios, clausurar locales y cobrar por reaperturas, en un coche que vale lo que décadas de trabajo?

Yo no sé que pase por la mente de esas personas que sienten que realmente valen lo que tienen y que tienen lo que tienen por su propio esfuerzo. Cada vez me dan más asco, también los que se aprovechan de esa miseria para volverlos clientes electorales (saben bien a quienes me refiero). A todos ellos les deseo con todas mis fuerzas que experimenten la mínima parte de sufrimiento al que tienen sometidos a tantos y tantos. Les deseo probar la realidad del país.

Sobre el autor
Juan Pablo Mañón
Soy un economista y emprendedor, aunque me gustaría ser más un finalizador. Me encanta la política, discuto mucho. Tengo alma de comunicólgo, muy dentro de mí, pero como sí podía sumar me metí de economista. En breve, una maestría. Primero, mi tesis. jpmanon.com

3 comentarios
  • Daher dijo:

    “No lo va a dejar cerca, pero va a caminar muchísimo menos.” jajajajajajjaa.. sorry, pero si, tienes razón..

  • Michelle Rosales dijo:

    Wow, de verdad me encantó. Y concuerdo contigo, muchas veces puede que no imaginemos las historias que hay detrás de dar 5 pesos a alguien que realmente lo necesita.

  • elisa dijo:

    mañon!!!! casi lloro :( te lo juro ,me da muchísima impotencia !!!

¡Deja una respuesta!

Puedes usar estas etiquetas:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Este blog usa Gravatars. Para obtener uno regístrate en Gravatar.